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Amarga silla de mimbre

La silla en la que estoy sentado no es de mimbre. Tampoco de madera. No dispone de respaldo ni tampoco tiene patas. Ojalá fuera como aquella que fabricó mi abuelo con las manos; suave como el tacto de una mejilla y cómoda, muy cómoda. Todavía la conservo envuelta en plástico duro. Pasar las horas con el culo apoyado en ella era todo un placer, por que sentado recordaba las vivencias de mi infancia, esas que saben a un primer beso y que perdura en el tiempo si nadie las quema. A toda costa intentaré salvar dos objetivos, mi memoria y aquella silla.

Mientras mis dos manos están acurrucadas una junto a la otra, los dedos pulgares se entrelazan hábilmente, se quieren, de la misma manera que yo la quiero a ella. El contorno de mis ojos está húmedo debido a la cantidad de sentimientos salados que emanan. Digo yo que aún quedan litros en mi cuerpo por consumir. Estoy llorando fuerte, tan fuerte que podría llenar entero el último vaso que sujeta un recluso a punto de ser ejecutado.

No consigo dejar la mente en blanco ni frenar el pensamiento hacia mi pequeña. Los últimos flashbacks pellizcan mi corazón, sobre todo por el recuerdo de aquella tarde nada más conocerla. He de confesar que sus familiares no llegaron a entender que se viniera a vivir conmigo. Yo tenía veintinueve años y ella diecisiete. Por este orden. Tengo lagunas pero nunca podré olvidar el tacto de su lengua rozando con mis labios. Hace exactamente sesenta horas. Si, ese fue el último. Antes de ayer de madrugada se la llevaron sin que yo pudiera hacer nada, ni tan siquiera quedarme a solas para intentar hacer algo. Juro que una reanimación cardiopulmonar me hubiese reconfortado. Sentir que mi aire podría salvarla todavía me sigue dando fuerzas. Dime que no está muerta joder!

Media hora más tarde:

Mi mano tiembla pero sigue avanzando apoyada en aquella caja. Estoy apunto de abrirla. Quiero verla. Todos sonríen al unísono. Un círculo vicioso me arropa. Mis familiares y amigos se encuentran de pie y esto parece una fiesta convertida en un ritual sucio. Hay algo que no me convence. En total somos ocho personas y nadie deja en evidencia esto: siete sonrisas son falsas, menos la mía. Las uñas de medio milímetro se incrustan en la tapa y la consiguen despegar. Automáticamente noto una convulsión que va subiendo por mi espalda y que consigue penetrar en mis ojos sin lubricante alguno. Cesan las sonrisas. Se apaga el telón. Nadie sabe que está ocurriendo por que ninguno de los que la metieron a ella en el habitáculo de madera, tuvo los santos cojones de verificar con sus propios ojos que aún se encontraba con vida. Me devolvieron a Chiqui muerta!

Dividimos la medio hora. Quince minutos más tarde:

No quedan lágrimas en mis mejillas. En cuanto toda esta gente haya salido por la puerta, entonces podré beberme los dos litros de agua que he derramado por ella. A lo mejor me arrepiento antes y cambio ese líquido por una botella de ginebra. ¿Cómo encajo esta situación? ¿Me queréis decir cómo os sentaría que, una persona de tu misma sangre te devolviera a un ser querido sin vida? ¡Me cago en la puta! Ahora mismo si tuviera una pala a mi alcance, os juro que habría hecho nueve hoyos en el suelo. Uno por barba y todos adentro. Todos menos Chiqui, esa hembra de loro que murió antes de ayer. A los espabilados de mi familia se les ocurrió llevar al triste animal al veterinario. Este triste pájaro se encontraba en una edad longeva. No sobreviviría a una operación. ¡Todo por tocar los cojones!. Yo llorando como un descosido, suplicando que no intentaran reanimarlo. ¡Puto pájaro de mierda! Minutos más tarde, una mente superdotada pero coja de equilibrio, pensó que la fiesta padre llegaría al abrir la cajita de madera, cuando yo hubiese descubierto que en aquel hospital de animalitos salió con vida. Pero no, a la pobre lorita le pegó un infarto al volver para casa. El regalo no disponía de pilas.

De momento me quedaré sentado en su jaula, imaginando que es una silla de mimbre.

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