Escritoreando

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Le Boutique avec Tutú.

Cristian se encontraba apoyado con los codos sobre un barandado metálico. El tanto por ciento de acero con el que estaba fabricada la pequeña estructura, era igual al tiempo que el muchacho descansaba después de la jornada de trabajo. Los brazos yacían semi flexionados y en horizontal. Una canica nunca hubiese rodado por aquellos dos trozos de carne. Con la punta de los dedos acariciaba la parte inferior del cilindro, limpiando a conciencia cualquier resto de suciedad.

El joven adoraba la soledad, y la usaba a su antojo como si fuese un ejercicio de terapia individual. Todos los días al salir de trabajar se dirigía sigilosamente al paseo Bulevar, y lo primero que hacía era poner su smartphone en modo avión. La pasión por la fotografía hacían de él un observador nato. Cualquier detalle por muy minucioso que fuera era suficiente para valorar la situación, y con esto quiero decir que podía adivinar con bastante certeza el estado de ánimo de los allí presentes.

Fiel a sus costumbres, Cristian deslizó la mano y sacó del pantalón su teléfono personal. Tres segundos más tarde y bajo una rigurosidad espantosa, realizó unas cuarenta tomas con el modo panorámico. En el transcurso de estas, un olor perfilado y poco denso entró por su nariz impoluta. Confirmo que nunca se metió mierda por ella. Limpio de polvo y paja. En el mismo instante en el que el chico aspiró aquel aroma, el tiempo se paró y todo se volvió a cámara lenta. Sus manos empezaron a temblar. Primero la izquierda… y a continuación el minúsculo estruendo congeló la escena. El móvil quedó tumbado en el suelo por que sus falanges no pudieron soportar el peso del aparato, que a duras penas seguía encendido.

Descifrar aquel olor fue imposible para el treintañero. Aún dándose por vencido el hijo de puta no quiso que se desvaneciera el recuerdo que percibieron sus fosas nasales.

historia de intriga y misterio, el estanco. Escritura fácil para leer.

Estos fueron los ingredientes que consiguieron excitar las glándulas salivales del mozo. Mientras seguía cavilando sobre aquel olor, las piernas se activaron y a toda prisa corrió hacia su viejo Cadillac que se encontraba aparcado. Introdujo la llave en la cerradura y marchó para casa. Solo tuvo que transcurrir media hora para que Cristian se encontrara de frente a su ordenador portátil. Con el cable de transferencia de datos, foto por foto fueron entrando a una carpeta titulada “el suceso”, como si aquella experiencia fuera a desembocar en otro acontecimiento todavía más salvaje.

A la mañana siguiente, el rudo macho repasó foto por foto con ayuda de sus recuerdos. Estaba claro que en el momento del disparo fotográfico tuvo que estar ella, esa persona que impregnada de loción fabricada a mano y elaborada a conciencia, hizo despertar la agudeza descomunal del ex fumador empedernido. Si quería dar con el homosapiens tendría que pasar por el tubo, es decir, encender cigarro por cigarro hasta dar con la combinación exacta, y esto para alguien que dejó la droga hace tiempo, se traduce en un puto problema monumental. La lengua de Cristian ya no estaría preparada para soportar el humo de la cruda combustión, las glándulas olfativas tendrían que volver a repasar la lección hasta que su cerebro recibiera el carné de juez.

Mientras apilaba las últimas cajetillas de tabaco y para no acabar en una viciosa paranoia mental, enumeró mentalmente todas las clases de marcas de pitillos que él conocía. La larga lista era inmensa. Desde que abrió el negocio junto con su padre tuvo el placer de saborear cada una de ellas. Celtas Cortos, Corona, Marlboro, Lucki Strike…  dieciséis años después y todavía sigue abierto el estanco en el céntrico casco de la ciudad: Le Boutique avec Tutú.

Estaba repasando el stock de tabaco, y salvo error disponemos de todas las variedades del mercado.— dice Cristian.

Como siempre hijo, ¿lo mencionas por algo? pregunta su padre (Jovi para los viejos amigos).

No, para nada.

—Necesitas unas vacaciones chaval. Distraerse a veces es parte del trabajo.— dijo el progenitor.

Tranquilo padre, cuando llegue el invierno que hay menos turismo. Mi cerebro todavía está en buena forma. deja caer Cristian a modo de auto engaño.

Y tanto! Me he dado cuenta esta tarde cuando he entrado aquí. Alguien ha entrado con el cigarro encendido y ni siquiera le has dicho nada. Te has pasado por el forro de los huevos la primera medida de seguridad. dijo con dureza el padre mirándole a los ojos.

El chico de labios perfilados y carnosos quedó paralizado. Las pilas se agotaron. Su cerebro colapsó. Algo tan minúsculo como la percepción de cuatro olores hizo que la concentración mermara. Para cometer un crimen hace falta tener mucha memoria, estar en lo que se hace. A su padre “Jovi” le bastó entrar al negocio para darse cuenta de ello. De ahí el cabreo. El hermano de Jovi falleció de cáncer de pulmón a la edad de 46 años. También se fumaba la cantidad de un paquete de tabaco de Marlboro por día, como su hijo Cristian antes de que dejara la mierda.

El chico de descendencia francesa tuvo por un tiempo un selecto erotismo para ello. Cuando abría la boca y vaciaba la boca de humo, lo hacía a conciencia. Las mujeres se sentían seducidas. Imaginaros al típico guaperas apoyado en el pilar de una terraza, con las piernas cruzadas y las luces a sus espaldas,  él observando pacientemente como los demás hombrecillos no le llegaban ni al forro de los huevos. La duración de su respiración era prolongada, y de media tardaba lo mismo que en expulsar hacia afuera la humareda grisácea, sin prisas, sabiendo que el atractivo físico quedaba en segundo plano. Se rumorea que alguna braga consiguió mojar con el mero gesto de sacar la lengua a pasear y lubricar el labio inferior. Para el dueño de Le Boutique avec Tutú no hubo mujer que se quejara al besarle. Las comidas de boca magistrales hacían olvidar por completo que el hocico del león tenía gusto a cenicero. Por eso nunca tuvo como meta dejar de fumar. Al menos años atrás. Cristian cuando besaba hacía levantar todas las pollas que estuvieran presenciando aquel coqueteo.

El galán se acostumbró desde chico a cuidar la paciencia y el respeto, de la misma manera que sus antepasados hicieron. Las palabras malsonantes solo las recitaba cuando hablaba de sexo con otras personas. De tú a tú. Igual que su padre. Así que no es de extrañar que Jovi se imaginara que su cachorro estaba en una época de cambio, que alguna madam hubiese agitado las mariposas de su estómago, y que por ello se estuviera permitiendo el lujo de fumarse una cigarra.

Ha llamado el repartidor, en una hora como mucho estará en el trastero. —dice Jovi.

¿Entonces me acerco yo? responde su hijo.

Si. Si quieres marchar ahora hasta puedes tomarte un café a mitad de camino. contesta el padre.

Vale.

Cinco minutos después el morenazo pisó los adoquines de la antigua calle y se dirigió a La Posada, una cafetería situada a unos 200 metros del lugar de destino.

¿Me pones un café con leche por favor? preguntó con educación el chico.

Por supuesto. respondió el camarero.

Desde la terraza podía observar todo cuanto quisiera. Disponía de unos cristales a los lados que hacían de parapeto, así el aire nunca llegaba a molestar a los clientes. El atractivo chico sacó del bolsillo un cigarro envuelto en rollo de cocina y un trozo de papel. De arriba hacia abajo echó un vistazo a todos los nombres escritos. La mano izquierda se escondió por el trasero y con la pinza de carne y hueso hizo aparecer de la nada un Zippo. Cristian estaba seguro de que el pitillo consumido en la tarde del “suceso” fue encendido con un mechero de queroseno. Todo fumador que haya prendido fuego con un utensilio de igual característica, sabe perfectamente que el sabor del tabaco cambia. Esa primera calada a bocajarro está lejos de saber a gloria.

Aquí tiene caballero. dijo el barman.

Gracias, aunque llamar caballero a un tío de treinta y pocos le hace más mayor. replicó entre risas.

Sin titubear arrancó la esquina del azucarillo y vertió todo el contenido en vaso. Con un chasquido la llama creció y en cuestión de milésimas toda su ropa quedó impregnada en humo. Lo que estaba haciendo el Don Juan era un mero ejercicio de recordatorio, ya que durante la noche anterior se propuso el reto de memorizar cada sabor y olor de las diferentes marcas. Aquel trocito de papel escondía escritas las posibles combinaciones de olores que llegó a percibir antes del sock.

historia de intriga en un estanco. Relato corto de intriga y misterio.

Nuestro morenazo estaba seguro de que el humo de aquellas breas consumiéndose las había olido cuando era pequeño, la última vez unos instantes antes de que el padre cayera por un acantilado. Jovi no murió pero quedó paralítico. El estado de trance que sufrió Cristian en el Bulevar fue provocado por la mezcla de dos sensaciones que se produjeron correlativamente: la visión del progenitor cayendo a plomo hacia las rocas y a continuación una erección brutal de su polla. <<¿Cómo puede ser que se me ponga dura después de recordar a mi padre retorciéndose de dolor? ¿Estoy enfermo o que me cago en mi puta vida? >>

¿Cuánto te debo? preguntó el joven.

Un euro y medio por favor. contestó el camarero.

En ese mismo instante los brazos del morenazo comenzaron a sufrir tembleques. La misma situación que hace unos días volvía a producirse.

—Virgen santa!!! —soltó en voz alta Cristian.

El camarero quedó atónito viendo como el hijo de Jovi se levantó de la silla y empezó a correr en linea recta sin intención de parar. Algo misterioso volvió ha activar la maquinaria sensorial. Con la respiración por las nubes y la mirada a punto de clavarse en cualquier persona que paseaba a su lado, el chico comenzó a balbucear.

Amor amor de Cacharel. No no. Poison de Dior… Rose de Chloé. Me cago en la puta es Euphoria de Calvin Klein.

Las zapatillas hacían levantar el polvo del suelo. A pesar de que la comparsa entre los brazos y las piernas del chico no eran apropiadas para correr, llegó sano y salvo al trastero, la pequeña fábrica abandonada que su padre adquirió en los años 90 para guardar el género sobrante del estanco. Como un jodido perro sabueso se guió por su instinto y no tuvo que hacer parones en el trayecto entre la cafetería y su destino. Aquel olor indescriptible acabó llevándolo allí sin que él fuera consciente de ello. Con las piernas a punto de doblarse quedó observando la puerta gigante de hierro, que había sido agujereada en más de veinte ocasiones debido a un atraco con metralleta en los años 90. Parecía un coladero. Literal. Algunos medían hasta tres centímetros y la corrosión hacía que aumentara el diámetro de los agujeros cada año.

Con la cabeza a cuarenta y cinco grados el guaperas observó detenidamente la estructura del edificio, y sin dejar de mirar hacia la parte más alta del mismo, sacó de nuevo su móvil y tomó fotografías. Esta vez no quiso dejarse nada, como si fuese aquel policía de atestados que deja inmortalizada la escena de un acuchillamiento. Cristian giró la llave hacia la derecha y el sonido retumbó por todo el habitáculo semi vacío. Hizo fuerza con las dos manos y la manivela giró casi 380 grados. El sonido de las bisagras envolvió los tímpanos del chico que se encontraba con medio cuerpo adentro. Sus ojos se movían desesperadamente iniciando una búsqueda visual sin retorno. Pero no encontró nada. Durante cinco minutos permaneció de pie con las dos piernas juntas y las manos en los bolsillos. La supuesta presa nunca apareció.

¿Metes tú las cajas o te ayudo? preguntó el repartidor.

Ya las meto yo, solo son cuatro cajas. respondió el treintañero.

Transcurrida media hora nuestro protagonista terminó de colocar los 120 kilogramos repartidos en hileras. Su método para dejar la paquetería era infalible. Toda mercancía la organizaba en el fondo de la fábrica y de tal manera que las letras de las cajas fueran legibles desde la mirilla de la puerta de entrada. Entre tanta chatarra y viejos cachivaches era lo mínimo que podía hacer, ya que ser escueto en su vida diaria le ahorraba mucho tiempo. Bajo un pensamiento optimista, dejó caer el culo sobre una de ellas no sin antes sacar otro cigarrillo del pantalón. Conforme se iban consumiendo las horas del día al chico se le agotaban las posibilidades de encontrar exactamente la marca de tabaco. La paciencia iba mermando y en poco tiempo terminaría por hacerle la pregunta a sus padres, pues estaba convencido de que en toda Francia solo había un lugar en el que fabricasen esas breas de tabaco.

A las ocho y media de la noche volvió a volcar todos los archivos fotográficos extraídos de su smartphone, y fue repasando uno a uno hasta no dejar títere con cabeza. Un total de 23 instantáneas, 14 de ellas seleccionadas. Con la música como única vía de investigación, abrió la aplicación de Spotify y empezó a reproducir en modo aleatorio alguna de sus canciones. Mientras la música hacía de colchón a su concentración, agrandó foto por foto sin encontrar esperanza.

Que hijo de la gran puta. dijo Cristian.

En la última fotografía que amplió había algo fuera de lugar. Espeluznante. En uno de los agujeros de bala que tenía el portón metálico de la fábrica, se podía ver un ojo con la pupila mirando hacia el frente.

Padre, ¿puedes venir un momento por favor? preguntó el chico.

Jovi asomó la silla de ruedas por la puerta y se dirigió hacia su hijo.

Dime. respondió su padre.

Esta mañana no he ido a la fábrica solo para descargar el tabaco. Hay algo que durante unos días lleva comiéndome la puta cabeza. continúa Cristian el día 7 de este mes descubrí que hay un olor en el ambiente capaz de dejarme el cuerpo casi paralizado. No creo que sea reacción física, si no que ese olor me recuerda a algo que no puedo desvelar por mi mismo.

¿Te ocurre algo grave hijo? preguntó nuevamente el progenitor.

Antes de entrar al trastero he tomado estas fotografías. Si ampliamos la última… mira papá. contestó el chico.

Una convulsión terrorífica se apoderó de Jovi en esos momentos. El cuerpo del hombre empezó a dar embestidas descomunales y de repente los ojos se quedaron en blanco. Cristian descolgó el teléfono a toda prisa y llamó a urgencias. Tras un agonizante espacio de tiempo, cuatro robustos médicos levantaron al hombre de 58 años.

¿Qué es lo que vio el padre en aquella foto? ¿Solo un ojo?

Aquella semana fue horrible para toda la familia. La habitación donde se encontraba el cincuentón era una cháchara de gente. Amigos y conocidos del hombre entraban y salían sin dar crédito a lo que ocurrió. La misma pregunta en la mente de todos y Jovi sin poder hablar. Después de sufrir las tremendas convulsiones su habla cesó, al menos por un tiempo. Los dientes hicieron de mordaza y su músculo rosado quedó cortado por la mitad, cayendo media lengua al suelo.

Aún con tanto contratiempo, el atractivo de tres décadas se puso al mando del negocio. De alguna manera quería estar en paz con su padre, ya que el remordimiento que por dentro le consumía era tan fuerte, que llegó a pensar que no estaba en plenas facultades mentales.

Sin descanso alguno Cristian fue tachando cada uno de los nombres de marcas de tabaco que probaba. Pitillo a pitillo se fumó la mitad de todas las variedades que componía aquella lista, y la cuestión es que le importaba un huevo lo que la clientela pudiera decirle en esos momentos. Después de casi un año sin fumar el muy cabronazo no había perdido la elegancia. Todavía le quedaba la sutileza de su lengua atravesar la boca para soltar el aire afuera.

En ese momento una mujer de unos 1,76 centímetros de estatura abrió la puerta y se dirigió hasta tener el mostrador a dos centímetros de su cuerpo.

Hola, ¿desea algo?preguntó.

—Un paquete de boquillas.— respondió la chica.

Las manos del dependiente se deslizaron por la estantería hasta alcanzar la bolsa. Cien unidades. Con suma destreza chulesca colocó el producto encima de la mano de ella, como si le importara una mierda la educación de la que tanto presumía. Al levantar la mirada para decirle la cantidad de euros que le debía, los perfilados e imperfectos dientes de la joven se apoderaron de su percepción masculina. Los ojos de Cristian fabricaron un pincel imaginario y con él recorrió toda la comisura de los labios femeninos. La leve sonrisa de ella hizo mella en el coco del macho que seguía consumiendo los últimos centímetros del cigarro.

—¿Cuánto es?— dijo ella.

—Un café, jejeje.— respondió él.

La sonrisa de la chica que, se encontraba atónita después de aquella respuesta, fue apagándose poco a poco, viendo como los temblores del guaperas se sumaban a la fiesta. Sin pensárselo dos veces abrió rápidamente el monedero que tenía en la mano izquierda y sacó un billete de cinco euros.

—Aquí tienes, quédate las vueltas.— dijo la morena de pelo largo.

Tan deprisa como pudo cerró el billetero de cuero y lo guardó en el bolso. Cuando únicamente le quedaba la mano descansando sobre el mostrador, el asturiano de descendencia francesa agarró el brazo de la chica con fuerza.

—Por favor te lo pido, tan solo quiero saber en qué estanco compras el tabaco de liar que fumas.— preguntó con voz temblorosa y expectante él.

—No lo compro, me lo trae mi hermano.— respondió ella.

—Quiero conocer a tu hermano.— volvió a decir Cristian con cara de haber mordido sonrisas.

596 segundos más tarde la pareja se dirigió hacia Suministros Turia, un pequeño comercio de la ciudad donde se vendían infinidad de artículos de pesca, situado en frente del mismo acantilado donde el padre del chico tuvo el accidente. Sin apagar el motor y con los cuatro intermitentes en activo, los dos salieron del vehículo y se plantaron en la puerta. Aras, que así es como llamaban a la mujer en aquel barrio, le dejó muy claro a Cristian que su hermano tenía un carácter muy marcado, y que tuviera mucho cuidado con preguntarle alguna cosa que pudiera ofenderle. La elegante fémina abrió la puerta. El sudor del ex fumador seguía cayendo en forma de gotas al suelo, como si esto fuese el jodido cuento de Hansel y Gretel y aquel líquido sobrante del cuerpo del chico quisiera confeccionar un camino de “no retorno”.

Cristian se plantó en frente del mostrador.

—O me dices de dónde consigues ese tabaco o llamo a la policía ahora mismo.— amenazó.

—De la fábrica abandonada que está al principio del Bulevar.— respondió el hermano de Aras.

—Lo se, desde el primer día lo supe. Ese tabaco lo cultivó mi abuelo en los años 80. Su olor es inimitable. ¿Lo robas tú?— preguntó el protagonista.

—No, no. Me lo trae mi primo hermano. Te pido que no le denuncies. Es yonki.— prosigue el chico.— hace muchos años que no quiere saber nada de nosotros y tan solo se acuerda de su familia de esta manera. Cada domingo envuelve el tabaco de liar en una bolsa y lo mete en una caja de zapatos. Desde años atrás que nos repartimos entre todos los fumadores de la familia las breas que nos regala. Mi primo es la única forma que tiene de demostrar el cariño por nosotros. Él os roba a vosotros ese tabaco de liar.—le explicó a Cristian.

—Solo quiero hablar con él. ¿Dónde puedo encontrarle?— preguntó el hijo de Jovi.

—Duerme en el parking del hospital, en la parte trasera que se encuentra junto a los contenedores grandes de ropa.— contestó esta vez Aras.

Nada más cerrar la puerta de la tienda, Cristian comenzó a correr sin aceptar que los hermanos quisieran llevarle hasta allí. Mientras las piernas alcanzaba velocidad, él se despojó del tabaco que llevaba en los bolsillos y solo quiso guardarse el mechero Zippo como recuerdo. Todos los minutos de angustia sufridos quedarían en mero recuerdo en unas horas.

¿Puede decirme en qué habitación está Jovi?— le preguntó sin mirarle a los ojos.

143. Al fondo a la izquierda. respondió la enfermera.

—Ok, gracias.

Perdona, ¿tu no llevabas ropa de trabajar hace media hora? quiso corroborar ella.

¿Cómo?— contestó estupefacto Cristian.

Es igual, tonterías mías. volvió a decir la enfermera.

Sin la intención de seguir hablando con la trabajadora, el dueño de Le Boutique avec Tutú caminó en linea recta hasta llegar a la puerta. Y allí estaban todos. Y allí… y allí… y allí…

… y allí se encontraba un chico de treinta y tantos años. Moreno, igual que Cristian… igual porque era su hermano gemelo, con la mirada fija y sin mover los ojos para otro lado. El yonki. La misma persona que le robaba tabaco a su familia creció con él bajo el mismo techo. La necesidad de una familia en plena miseria hizo que tomaran una decisión. Aquella camada de innumerables corazones tuvo que separarse forzosamente. A mediados de los años 80 la mitad de la familia se marchó a España a vivir, acordando entre todos y bajo juramento que Cristian nunca se enteraría de nada, a menos que los dos hermanos se reencontraran frente a frente.

—No entiendo una puta mierda joder. ¿Me estáis diciendo que yo tengo más hermanos y nunca lo supe?— pregunto el ex fumador entre una marabunta de sollozos.

Tu padre nos pidió con el corazón en la mano que nunca te lo dijéramos. explicó la mujer de Jovic decirte que eras adoptado era todo un fracaso matrimonial para él. Los espermatozoides de tu padre no valieron para procrear, así que decidimos adoptar un bebé antes de marcharnos para España. Las condiciones insalubres en las que vivían tus padres biológicos obligaron al estado Francés a que fuerais ingresados en un internado. Años más tarde supimos que Franchesco nos había seguido el rastro para ponerse en contacto contigo. Tu primo y su novia al ser más mayores que vosotros, decidieron también venirse a este país y empezar una vida nueva. Desde el primer día nos escudamos en que ellos y tu nunca os conocierais. Nosotros nunca quisimos que él supiera nada de ti. Queríamos que nuestro sueño, el gran sueño de tener un bebé y una familia no se desvaneciera en cuestión de segundos. Espero que nos perdonéis. Eso si, desde siempre quisimos mantener contacto con vuestra familia. terminó de explicar la madre de Cristian.

¿Y que tiene que ver todo esto con la puta convulsión de mi padre? preguntó el joven aún en estado de sock.

—Cuando tu padre vio el ojo que salía en la fotografía, enseguida supo que era de Franchesco. La conciencia se apoderó de su alma y por eso estamos aquí.— respondió su madre.

Cristian se desplomó en el pecho de su madre sin que nadie pudiera tomar el control de su estado. Bajo un rió de lágrimas saladas se perdió en la cara de su padre.

—¿Te acuerdas cuando papá cayó por el acantilado?— preguntó ella.

El chico asintió.

Fue la primera vez que vimos a tu hermano jugar en las rocas. Papá no pudo contenerse y perdió el equilibrio. Para un hombre rudo y orgulloso es impensable imaginar que el niño al que queríamos no tenía nuestros genes.

Por la espalda de Cristian aparecieron dos brazos exactamente idénticos a él. Con las manos entrelazadas y después de que Franchesco se humedeciera los labios, dijo en voz alta:

SIEMPRE TE QUERRÉ HERMANO.

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6 thoughts on “Le Boutique avec Tutú.

    1. Úrsula muchísimas gracias de verdad. Espero que te haya gustado. No he sabido sacarle más jugo a los personajes. Si te ha entretenido es lo que cuenta jejeje. Un besazo!

  1. Impresionante relato, repleto de detalles innumerables que cuidas con tanto anhelo. Y sin duda el final. el destino siempre pone cada cosa en su lugar y el hermano jamás perdió la esperanza con encontrarse con su otra mitad.
    Pueden quitarnos muchas cosas en esta vida pero jamás el amor al mirar.

    1. He intentado hacer un relato lo más alejado del ámbito del erotismo y el morbo, para centrarme en una situación común en un día cualquiera jejeje. No se si lo he conseguido pero me llena por dentro todo lo que me dices. Hay palabras y frases tuyas que nunca hubiera imaginado que fueran algún día para mí. El amor de un familiar nunca podrán borrarlo. Jamás. Besos!!

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