Escritoreando

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Por un puñado de pelos.

Sentado en el sillón me convertí en un muñeco de cera, en un maniquí viviente. Un número más. Los pies estaban lejos de llegar al suelo. Tampoco me importaba, ya que las suelas habían estado colgando en otros lugares. No tiene vértigo. Creerme, se lo que se siente. Desde hace años que las peluquerías me producen sensaciones placenteras; tener la cabeza apoyada y notar las manos de una profesional en el cuero cabelludo me vuelve loco.

El niño no come mucho últimamente.

Pero, ¿caga?

Si.

Pues si caga es que come.

El habitáculo donde cortan el pelo puede crear múltiples sensaciones y perspectivas. Por ejemplo, un amante de la paranoia puede llegar a imaginar como las tijeras rebana su cabeza. ¿Y si el persona sufre brotes psicóticos y me juego el pescuezo? Maldita sea la hora en la que me gasto diez euros. Sin embargo, en el interior de una peluquería la mayoría de los humanoides repasan las últimas noticias del vecindario. Menos las suyas.

No se lo digas a nadie, pero el frutero ya no está con la periodista. Menudos frescos. ¡Ayyy solo de pensar en los niños!

En mi caso nunca hablo con un/una peluquera más de la cuenta, y no porque sea poco hablador, si no porque el tacto de sus yemas en mi cabeza me deja anestesiado. Puros masajes. Manejan las manos a su antojo. Magia en los dedos.

¿Cómo quieres que te lo corte? preguntó la estilista.

Como lo llevo ahora, pero algo más corto. respondí.

A ti te quedaría bien muy rapado por los lados y el flequillo de lado. Además, con la barba tan perfilada que tienes…

Las peluqueras es lo que tienen, adulan tanto a la perfección que sales por la puerta como si fueses George Clooney vendiendo Nespresso.

¿Te gusta así?preguntó ella nuevamente.

Prefecto. Gracias.respondí.

Mira que contigo me estoy esmerando muchísimo, ¿he?soló la peluquera.

Se agradece, pero tampoco hace falta. Total, de aquí me voy a trabajar. Gracias de todas formas. dije.

—Eso si, pero si consigo que vendas más productos gracias a tu imagen, me sentiré alagada. —volvió a responder.

Simulé estar muerto y sin necesidad de hacerme el boca a boca. Mi cerebro sacó un kit-kat y dejé la mente en blanco, con el esqueleto todavía en la silla.

La atmósfera de una barbería o peluquería me lleva a divagar sobre la vida y los años consumidos. Mirarme en el espejo hace que mi reflejo y yo echemos un pulso. La vida nos castiga a los dos por igual. La próxima vez que vuelva allí le pediré una copa de Ginebra sola y un par de cigarros, pero un cenicero sería un acto de imprudencia con tanto pelo volátil. Dinamita para los fetichistas.

Así perfecto. dije.

No tengas prisa, ya queda poco. Unos tijeretazos y listo.—me replicó la chica.

Diez minutos después me estaba mordiendo las pieles de los dedos. Como broma ya estaba bien, como masaje, brutal y reconfortante. Mi estado nervioso habitual hizo que me levantara de la silla y en ese momento noté como la afilada cuchilla se introdujo en la piel. Me quedé callado.

Dios mío perdóname, voy a por una tirita. Tranquilo que no sale casi sangre. soltó apurada la profesional.

Manteniendo la mirada hacia el suelo, escuché el sonido de un viejo cajón abrirse. Las bisagras tenían artrosis. A través del espejo solo podía ver su mano apoyada en el armario. Sus dedos separados unos de otros. La muñeca elevada. La tensión arropaba el ambiente. Pasaron pocos segundos la envoltura se separó de la tirita. Sus dedos tiritaban y yo era un títere. Colocó el apósito y el silencio se apoderó de nosotros. Nunca le pregunté qué es lo que hizo con su boca en mi nuca, pero una sensación de alivio congeló mi ser. Estaba notando como su lengua recorría el contorno de la tirita. Mientras tanto, sacó de su bolsillo un objeto alargado, he hizo presión para asegurar que la vacuna no se despegara de mi piel.

Ya está. Lo siento mucho de verdad, nunca me ha pasado esto. A parte de no cobrarte el corte de pelo voy a regalarte un bono de cinco cortes. Por la noche te puedes quitar la tirita ya. Eso si, hazlo con cuidado para no quitarte pelo. Mañana cuando te levantes no se notará nada. Es poquito. Espero no haber perdido un cliente. explicó la peluquera.

Tranquila, muy amable de verdad. Esto le puede pasar a cualquiera. —la calmé con un tono de voz suave.

Me levanté de la silla, me puse la cazadora de cuero, y tras un saludo de rigor me marché por la puerta, no sin antes memorizar su sonrisa malévola.

Haciendo caso a su consejo, por la noche retiré con cuidado el apósito. La sorpresa llegó cuando observé su número de teléfono escrito a lo largo de ella. Una profesional no sólo sabe hacer bien su trabajo, sabe a la vez hacerlo mal y que parezca un acto fortuito.

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11 thoughts on “Por un puñado de pelos.

  1. Si no fuese por el esmalte permanente tan precioso que llevo en mis manos, y por la relajación que me ha producido leerte que hasta incluso he sentido que el masaje lo llevaba yo en el cuerpo, sentada en un sillón mientras devoraba tu relato, casi me quedo sin dedos ya que las uñas me las han perfilado demasiado para no arañar lo que no debo. Las marcas en este caso, las debe dejar una profesional o una fémina que siempre se queda con ganas de mas.
    Después de leerte las palabras brutal o bestial se me quedan cortas, deberían quizás inventar otras. 😉

    1. Todo cuanto me digas me viene grande. Me encantaría haber estado a tu lado para que me dieran masajes en la cabeza mientras describría cómo era aquella peluquería. Sigo pensando que una escritora que siempre me lee y después me comenta, se merece la luna como mínimo. Espero que te hayan dejado preciosa y con esas uñas puedas arañar el mundo entero. Agradezco de corazón tu comentario Loca. Es un placer tenerte siempre. Mil besos woman.

    1. jajaja se agradecen mucho tus palabras. Ya sabes que de vez en cuando uno se viene arriba y le salen barbaridades! Orgulloso entonces de entrar en tu tribu, espero que no me hagáis rituales de iniciación jajaja. Un saludo fuerte!

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